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viernes, 28 de septiembre de 2012

"El caso del muerto en el armario" (3)

Capítulo 3.-Donde comienza mi investigación, sigo a don Rigoberto y me hago pasar por Comisario de Policía.

Antes de lanzarme así, a tontas y a locas, a seguir a don Rigoberto Rebolledo y Minglanilla para averiguar si adulteraba o no, es decir, si le ponía los cuernos a doña Fina, decidí que lo más sensato sería trazar un plan de lo que debía hacer. Creo que un buen detective privado debe tener una estrategia de acción y no fiarse solo de su instinto o de su olfato. Se ahorra uno sustos y contratiempos. Tenía ya la foto de don Rigoberto, la dirección de su casa y la de algunos sitios que solía frecuentar. Era más que suficiente para empezar con buen pie una investigación. Me pareció que lo primero sería vigilar a don Rigo cuando este saliera de su casa. Ir siguiéndole a todos los lugares donde fuera para luego redactar mi informe sobre todos sus pasos y poder así darle parte de sus andanzas a la bellísima y desconsolada doña Fina. Parece tarea grata y sencilla, mas puedo asegurarles que en ella se aburre uno lo indecible.

Agarré la bolsa donde guardo algunos elementos de disfraz (pelucas, dientes postizos, bigotes, barbas, verrugas de pega...) como los que usaba para transformarme en el jorobado Rigoletto; luego tomé mi cámara de fotos, por si me veía en la obligación de sacar unas instantáneas del sujeto a investigar; por último, y a pesar de que estaba siendo un mayo bastante caluroso, cogí mi gabardina color crema, una prenda como las que llevaban Philip Marlowe o Sam Spade -dos de mis héroes del cine y la novela-, dejé, sin embargo, el sombrero en la percha y salí de la oficina.

En aquella época no ganaba yo dinero para tener un coche no ya lujoso sino siquiera decente, así que tenía que contentarme con un mísero Seat 127 amarillo que había heredado de mi padre, el cual lo mantuvo siempre bien cuidado. Para ir trasladándome por las calles de Madrid me resultaba más que suficiente, pese a que no dejaba de ponerme en ridículo a cada paso, a causa de lo viejo y desfasado que estaba el pobre vehículo. Como eran ya las ocho de la tarde, supuse que don Rigo habría regresado a su casa. Con las mismas, cogí todo, lo metí en mi Seat 127 y me puse en marcha. El coche renqueaba y el motor tosía. Daban ganas de darle un jarabe.

Según rezaba la tarjeta que me dejó doña Fina, ella y su marido vivían en la calle Goya, en el edificio que está al lado del Corte Inglés. No tardé mucho en llegar allí. Estacioné el auto en un hueco que encontré (¡Aleluya! ¡Milagro casi imposible en Madrid!) y coloqué, bien visible en el salpicadero, una tarjeta que decía “Servicio Oficial. Ayuntamiento”. La tarjetita era falsa, desde luego, pero servía a mis propósitos y me ahorraba el dinerillo del parking. Ese cartón me lo facilitó mi amigo Timoteo el Cartapacios, experto perito en las más diversas y complejas falsificaciones. Era un as en lo de elaborar cualquier tipo de documento oficial, fuera un DNI, un pasaporte o la cartilla de la Seguridad Social. Lo mejor es que a mí me cobraba muy poco dinero, porque habíamos sido compañeros de colegio.

En fin, dejé el coche aparcado y me situé en la acera de enfrente de donde vivían don Rigoberto y doña Fina, a la espera de que entrase o saliese el susodicho interfecto. Estuve fumando un pitillo tras otro hasta que a eso de las nueve y media salió del edificio un hombre bien trajeado, grueso, calvo y con gafas, que mediría algo así como un metro sesenta. Sin duda, se trataba de don Rigoberto Rebolledo y Minglanilla. Por su aspecto serio, su porte señorial y su traje azul cobalto, se diría que iba a algún tipo de evento social, tal vez una reunión de negocios. De la forma más discreta que pude, le saqué un par de fotos para añadirlas a la que ya me facilitó doña Fina.

Al poco de salir don Rigoberto de su casa, un lujoso Mercedes 190 color gris plateado, conducido por el tipo que, sin duda, debía de ser el tal Bautista, aparcó en la acera del edificio en que vivía mi sospechoso de adulterio. Bajó el chófer y le abrió la puerta a don Rigo, el cual entró en el auto aprisa, casi sin darme tiempo a reaccionar. Con toda la prisa que pude, subí a mi viejo Seat y le di a la llave de arranque. Nada, que no se ponía en funcionamiento, el condenado. Probé varias veces pero fue imposible. Maldiciendo mi mala suerte, salí del auto y paré al primer taxi que pasó libre.

-¡Deprisa! ¡Siga a ese Mercedes gris, rápido! -grité al taxista, nada más subir.

-Oiga, ¿es usted de la Policía? -me interrogó el taxista, un hombre gordo, de enormes manazas morenas y llenas de pelos.

-En efecto -mentí. -De la Brigada Criminal. Sigo a un sujeto muy peligroso, que va en ese Mercedes. ¡Sígale discretamente y no lo pierda de vista!

-Oiga, pues nunca me había pasado nada parecido -comentó el taxista. -Es emocionante. Cuando se lo cuente a la parienta...

-Sí, sí, lo que usted quiera, pero no deje de seguir a ese coche. Si lo desea, luego le firmo un autógrafo y todo... -dije, mientras pensaba que, con el primer dinero que ganase, tendría que comprarme un buen coche para no andar mintiendo al primer taxista que me topase.

-Ah pero ¿es usted famoso? -preguntó, incrédulo, el taxista, mientras le daba al volante con sus manazas de camionero.

-Sí, por supuesto -mentí de nuevo- ¿No ha oído usted hablar del Comisario Jacinto Turleque? Pues ese soy yo. Salgo mucho en la prensa... -Lo cierto es que, aunque yo no fuera el Comisario Turleque, el citado policía no era de mi invención. Existía realmente. Trabé amistad con Jacinto Turleque en otro caso en el que me vi implicado y supuse que el taxista no lo conocería, como así fue. Aunque mis relaciones con Turleque no eran que digamos buenas, no iba a tener la mala suerte de que el taxista supiera quién era.

El Mercedes de don Rigoberto iba avanzando lenta pero firmemente por las calles de Madrid. Mi taxi circulaba siguiéndole a cierta distancia, pero sin llamar su atención y sin dejar de tenerlo a la vista. Unos minutos después, el Mercedes estacionó en la calle de Malasaña, al lado del famoso local llamado 'La Noche Noctámbula', y del que doña Fina ya me había hablado como uno de los sitios favoritos de su esposo.

El Mercedes dejó a don Rigoberto y se fue. Me dispuse a salir del taxi. Quise pagarle al taxista la carrera pero este no me dejó, con el pretexto de que no podía cobrar ni un céntimo a tan distinguido agente de la Policía, cosa de la que me alegré en ese momento pero que para mí sería causa de quebraderos de cabeza en el futuro, como ustedes, queridos lectores, podrán comprobar si siguen leyendo esta historia.

Bajé del taxi mientras el taxista me saludó llevándose su manaza derecha a la frente, al estilo militar. Don Rigoberto ya había traspasado el umbral del local nocturno, ante cuya puerta un gorila de dos metros y anchas espaldas custodiaba la entrada a aquel recinto de lujuria y pecado. Iba a entrar en el mismo cuando el gorila me dijo:

-¡Alto! Si quiere pasar tiene que decir la contraseña...

En aquel punto estaba, sin saber qué hacer o decir, cuando solté:

-¡¡¡Policía!!! -exclamé, para amedrentar al enorme guardián de la puerta.

-¡Correcto! ¡Esa es la contraseña! Pase... -musitó el forzudo, mientras yo debí poner cara de no creerme lo que me estaba pasando.

[CONTINUARÁ...]

"El caso del muerto en el armario" (2)

Capítulo 2.-Donde sigue la visita de la señora exuberante.

Aquello me extrañó mucho. Algo olía a podrido, y no era en Dinamarca, ni se trataba del cigarrillo que fumaba doña Fina. ¿Por qué una mujer hermosa, rica y distinguida como ella iba a querer vigilar a su marido? Al revés hubiera sido más lógico. A mí me hubiera gustado más seguirla a ella que tener que andar tras los pasos de ese tipejo, pero... ¿Qué hacerle? Me fijé en que doña Fina no llevaba su alianza de casada, pero tampoco me pareció excesivamente inusual, pues muchas personas casadas no llevan su alianza. En fin, dejé que la seductora dama me narrase su peculiar historia, rogándole que no omitiera ningún detalle. Ella habló de esta manera:

-Conocí a Rigoberto Rebolledo y Minglanilla, mi esposo, hace diez años en una fiesta que daba el Conde Rufino Draculino, embajador de Transilvania. Ha de saber usted, señor Fandiño, que mi marido trabaja en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Durante esa fiesta el que iba a ser mi marido y yo hablamos, y bailamos... Y nos enamoramos. Bien es cierto que él es quince años mayor que yo, pero su inteligencia y su simpatía lograron vencer mi primera resistencia. A los dos meses de habernos conocido, nos casamos en la Iglesia de Santa Ermenburga y pasamos nuestra luna de miel en Cocobongo, justo al lado de Cancún.

Fueron veinte días de amores y locuras y desenfrenos. Mi marido siempre ha sido muy fogoso, seductor y magnífico amante, de los pies a la cabeza, y yo le consentía todo. Aquellos primeros años de nuestro matrimonio fueron una continua sucesión de fiestas, de viajes y de jolgorios varios... A pesar de que yo deseaba tener hijos, Rigoberto me convenció para que no los tuviéramos, con la excusa de que su itinerante vida sería muy penosa para ellos. Eso me disgustó un poco, pero acabé cediendo a sus pretensiones. Todo iba bien, como no suele ir en ningún matrimonio, hasta que un día mi Rigo (disculpe que le llame así, es la fuerza de la costumbre), mi Rigoberto comenzó a llegar más tarde de lo habitual a casa. Al principio se retrasaba solamente una hora, luego dos y, con el tiempo, me dejaba sola toda la noche, con el corazón en vilo, y no regresaba hasta el día siguiente, si es que regresaba.

Por más que yo le interrogaba, él nunca me revelaba dónde pasaba aquellas noches de ausencia. Para contentarme, me decía que andaba metido en un asunto muy importante del Ministerio del cual no podía hablarme para no comprometer la seguridad nacional. Harta de aquellas evasivas, una noche (hace ahora quince días) decidí seguirle para ver si de verdad estaba metido en asuntos de trabajo o se veía con otra mujer a mis espaldas.

Sin que él se diera cuenta, fue tras él cuando se fue al trabajo. Estuve esperando hasta las ocho, hora en que sale de su despacho. Aquella noche iba acompañado de Meléndez, un subordinado suyo. Fueron al Bar 'La Hormiga Patizamba', donde se tomaron unas cuantas copas de coñac. Tuve mucho cuidado de que no se dieran cuenta de mi presencia. A eso de las diez de la noche, Meléndez se separó de mi esposo y cada cual se fue por su camino. Mi Rigoberto siguió andando y se metió en un Night Club de la nuit madrileña llamado 'La Noche Noctámbula', sitio de baja estofa frecuentado por gentes de mala calaña y mujeres de vida alegre y aireada.

Entré en ese local unos minutos después que él y, por mucho que le busqué, no pude encontrarle. No quería arriesgarme a que Rigo me descubriera a mí, así que, entristecida por los peores pensamientos, abandoné aquel antro de lujuria y perdición, regresé a casa y tomé la decisión de que un profesional se encargara de seguir estrechamente a mi marido, de ahí que haya venido hoy a contratarle a usted, señor Fandiño.

Guardé un atento silencio durante los minutos en que doña Fina me estuvo contando su historia. Observaba su delicada forma de sostener el cigarrillo, con aquellas manos blancas y suaves. Cuando hubo terminado, le rogué que me facilitara una foto de don Rigoberto, a lo que ella accedió sin poner el menor impedimento. Sacó de su bolso una foto de tamaño carnet donde se podía ver la cara del tal Rigoberto. Era un hombre de rostro adiposo, calvo, con gafas de pasta y bigotito bien perfilado.

-¿Quién lo diría? Su marido no tiene cara de adúltero, doña Fina, aunque ahora que lo pienso no sé cómo es la cara de un adúltero o de una adúltera, ya que nunca he adulterado... -dije, tratando de hacerme el ingenioso.

-Yo le aseguro, señor Fandiño, que mi esposo, aunque le parezca que tiene cara de santo, me está engañando. ¿A qué otra cosa puede dedicarse durante esas prolongadas ausencias?

-Tal vez le haya dicho la verdad y tenga entre manos un asunto de altísimo secreto y del que no pueda contarle nada sin comprometer la seguridad de la nación...

-No lo creo. Conozco a mi marido. -aseguró ella, con su delicada vocecita.

Seguidamente, le expliqué cuáles serían mis próximos movimientos y cuánto cobraba por aquella tarea. Una vez ella hubo aceptado mi tarifa habitual, quedamos en que la llamaría cada día, según fuera progresando en mi investigación.

-Necesitará usted algo de dinero, ¿verdad? ¿Le parece bien un anticipo?

-Pues no me vendría nada mal. Ya sabe usted lo caro que está todo. La vida ha subido mucho en estos últimos lustros...

-¿Tendrá usted suficiente con 200 euros del ala? -me preguntó ella, sacando dos billetes de 100, nuevecitos, ante los que puse gesto ojiplático.

-¡Eso es más que suficiente, mi querida señora! -dije, agarrando la pasta sin que pudiera evitar demostrarle cierta ansiedad.

Guardé los dineros en mi cartera y, al verle cara mohína y conturbada, traté de tranquilizarla un poco, ya que se mostró muy nerviosa, e incluso algo triste y, sin prolongar más aquella visita, la acompañé a la puerta de mi oficina, le ofrecí mi mano y la despedí.

-Muchas gracias por haber aceptado un encargo tan ingrato, señor Fandiño.

-Es mi trabajo, señora. -dije, haciéndole una desmesurada reverencia.

-Despídame de su asistente, el señor...

-¡Rigoletto, se llama Rigoletto!

-Pues despídame de Rigoletto, que me ha parecido muy simpático. Oiga, ¿y son ustedes parientes o algo así? Se lo digo porque me he fijado en que los dos tienen el mismo lunar en la mejilla derecha...

-¡Casualidades de la vida, doña Fina, casualidades!

Aún estaba medio avergonzado y con las mejillas ruborizadas cuando la vi bajar por la escalera. Sus bien moldeadas piernas se quedaron grabadas en mi retina, sin que pudiera olvidarlas en todo el tiempo que duró aquel caso. Poco podía yo imaginar en aquel entonces que estaba a punto de meterme en la boca del lobo... o de la loba, mejor dicho.

[CONTINUARÁ...]

"El Caso del Muerto en el Armario" (1)

El blog de Ficciones fingidas se complace en presentarles a todos ustedes, queridos lectores, los casos del inigualable, del inefable, del impresentable

FAUSTINO FANDIÑO, DETECTIVE PRIVADO
"El Caso del Muerto en el Armario"

Capítulo 1.-Donde se presenta una señora exuberante.

Me llamo Faustino Fandiño, como ustedes ya sabrán, sin duda porque ya conocen mi reputación como detective privado. Como hay confianza, ustedes pueden llamarme Faus, que es como me llaman mis amigos y familiares, siempre que no me llaman “imbécil” y esas cosas. Pero han de saber ustedes que no siempre ejercí como detective.

Pasados mis años mozos en los que anduve entre novia y novia, suspenso y suspenso, negocietes y desempleo, mi padre, harto de mis devaneos y correrías de tarambana, decidió hacer carrera de mí y me obligó a apuntarme a unos cursos de criminología por correspondencia.

¿Por qué la criminología? Pues porque siempre me llamó la atención toda la literatura y el cine criminal. Soy fanático lector de novelas policiales y no me pierdo ninguna película o serie de televisión en la que un sabueso, de la clase que sea, se deje las cejas dándoles caza a los muchos malvados que pululan por esas calles de Dios.

Terminado aquel curso por correspondencia con sumo aprovechamiento, mi padre me cedió la azotea de nuestra casa en la calle Jácome Trezo, donde instalé mi primera oficina. Y así nació la Agencia de Detectives “Fandiño y Asociados”. En honor a la verdad, bien pudiera haberse llamado “Fandiño a secas” o “Fandiño y Fandiño” o también “Solamente Fandiño”, porque de asociados no tuve ninguno hasta el tercer año de negocio, cuando mi primo Licesio, tan desocupado como yo al principio, quiso unir su destino al mío y meterse en los enrevesados asuntos policiales.

El caso que ahora pasaré a relatarles fue uno de los primeros de peso e interés que tuve. En aquella aventura no gocé de la compañía y ayuda de mi primo Licesio. Y es lógico porque, en aquel entonces, no ganaba mucho con las chapucillas que me encomendaban. Apenas si sacaba cuatro cuartos para mí. Mis primeros casos fueron estafas de poca monta, investigación de algunas personas desaparecidas y seguimiento de individuos sospechosos. En aquella época me aburría soberanamente. Hasta que un buen día cambió mi suerte y me topé con un caso a la altura de mi egregio intelecto, mi arrolladora energía y mis innatas cualidades detectivescas.

Una tarde de mayo, mientras me entretenía haciendo un castillo de naipes, tocaron el timbre de la puerta de mi coqueta azotea. Como en aquellos días no ganaba dinero para tener una secretaria ni asistente alguno, a nada que llamaban a mi puerta, me colocaba una vieja chaqueta a cuadros, una peluca rubia, unas gafas de culo de vaso, un bigotazo postizo y me encorvaba para disimular mi estatura. En suma, me transformaba en Rigoletto, mi asistente imaginario, pero muy efectista y necesario para dar a mi agencia una nota de misterio y distinción.

Llegué a la puerta metido en la piel de Rigoletto, eché un vistazo por la mirilla y vi que al otro lado de la puerta estaba una mujer despampanante, una fémina de arrebatadora belleza y esbelta figura. Poniendo la ronca voz que simulaba para mi Rigoletto dije:

-¿Quién anda ahí?

-Soy la señora Fina de Hierbas Altas... -exclamó la hermosa damisela con una dulce y encantadora voz. -Quisiera hablar con el señor Faustino Fandiño, el detective...

No quise hacerle esperar más. Secretamente deseaba verla en persona, ver el color de sus ojos, observarla de forma concienzuda y sagaz, como me habían enseñado a hacerlo en el cursillo por correspondencia. La señora Hierbas Altas pasó a la antesala de mi oficina. Con un gesto le ofrecí asiento en el diván de la sala de espera, mientras yo, sin abandonar mi pose de jorobado, iba a la parte de atrás de la azotea donde estaba el cuarto de baño, pero que fingía ser mi auténtico despacho. Abrí la puerta, metí dentro la cabeza y dije, con mi enronquecida voz de Rigoletto:

-Jefe, la señora Fina Hierbas Altas quiere hablar con usted... -Dejé pasar unos segundos y, con mi voz normal, exclamé: -Dígale que espere un minuto, que estoy hablando por teléfono con el Marqués de la Media Enagua, para darle los detalles de la captura del ladrón de su Picasso... ¡Enseguida salgo!

Cerré la puerta y, de nuevo con mi falsa ronquera, comenté:

-Ya lo ha oído usted, señora. Ahora mismo sale. Es hombre muy ocupado...

Dejé pasar unos cinco minutos, tiempo durante el cual dediqué todo mi poder de deducción a analizar la ropa y el porte de la bellísima señora de Hierbas Altas. Era una mujer de unos treinta y cinco años; cabello oscuro y liso, de abundante melena. Sus ojos eran de un marrón meloso y su piel era blanca como la arena de una playa de arena blanca. Llevaba un vestido azul marino, con provocativa minifalda y zapatos de ante, a juego con el resto de su vestimenta. Su bolsito, para no desentonar, también era azul. La señora de Hierbas Altas sacó un cigarrillo del bolsito y lo encendió con mucho estilo, mientras yo me devanaba los sesos tratando de imaginar qué podría haberle traído a mi agencia.

Pasados otros cinco minutos, me puse de espaldas a ella y, con mi voz normal, grité: “¡Rigoletto, venga aquí!” Y allá que entré en el cuarto de baño, mi despacho de pega, tan encorvado como antes. No tardé ni un minuto en quitarme la peluca, la chaqueta raída, el mostacho y las gafas. Comprobaba muy bien que me había quitado todos los postizos, porque una vez que hice esta transformación me dejé puesto el bigote y el cliente que me esperaba al instante se dio cuenta del engaño y me mandó a hacer gárgaras. Me puse una americana nueva, de color café, cogí unos informes y con cara de mucho estrés y de mucho trabajo, salí a hablar con mi nueva clienta:

-La señora de Finas Hierbas, ¿verdad?

-No, no, señor Fandiño. Soy la señora de Hierbas Altas. Me llamo Fina. Mis padres, ya se imaginará usted, que tenían mucho sentido del humor -susurró mientras nos estrechábamos la mano. Le pedí que tomara asiento de nuevo.

-Usted dirá, doña Fina. ¿Qué le trae por aquí?

-Me ha traído Bautista, mi chófer. Pero, si se refiere al asunto que me lleva a dirigirme a usted, le diré que vengo a contratarle para que siga a una persona. Se trata de mi marido. ¡Estoy casi segura de que me engaña!

[CONTINUARÁ...]