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viernes, 28 de septiembre de 2012

"El Caso del Muerto en el Armario" (1)

El blog de Ficciones fingidas se complace en presentarles a todos ustedes, queridos lectores, los casos del inigualable, del inefable, del impresentable

FAUSTINO FANDIÑO, DETECTIVE PRIVADO
"El Caso del Muerto en el Armario"

Capítulo 1.-Donde se presenta una señora exuberante.

Me llamo Faustino Fandiño, como ustedes ya sabrán, sin duda porque ya conocen mi reputación como detective privado. Como hay confianza, ustedes pueden llamarme Faus, que es como me llaman mis amigos y familiares, siempre que no me llaman “imbécil” y esas cosas. Pero han de saber ustedes que no siempre ejercí como detective.

Pasados mis años mozos en los que anduve entre novia y novia, suspenso y suspenso, negocietes y desempleo, mi padre, harto de mis devaneos y correrías de tarambana, decidió hacer carrera de mí y me obligó a apuntarme a unos cursos de criminología por correspondencia.

¿Por qué la criminología? Pues porque siempre me llamó la atención toda la literatura y el cine criminal. Soy fanático lector de novelas policiales y no me pierdo ninguna película o serie de televisión en la que un sabueso, de la clase que sea, se deje las cejas dándoles caza a los muchos malvados que pululan por esas calles de Dios.

Terminado aquel curso por correspondencia con sumo aprovechamiento, mi padre me cedió la azotea de nuestra casa en la calle Jácome Trezo, donde instalé mi primera oficina. Y así nació la Agencia de Detectives “Fandiño y Asociados”. En honor a la verdad, bien pudiera haberse llamado “Fandiño a secas” o “Fandiño y Fandiño” o también “Solamente Fandiño”, porque de asociados no tuve ninguno hasta el tercer año de negocio, cuando mi primo Licesio, tan desocupado como yo al principio, quiso unir su destino al mío y meterse en los enrevesados asuntos policiales.

El caso que ahora pasaré a relatarles fue uno de los primeros de peso e interés que tuve. En aquella aventura no gocé de la compañía y ayuda de mi primo Licesio. Y es lógico porque, en aquel entonces, no ganaba mucho con las chapucillas que me encomendaban. Apenas si sacaba cuatro cuartos para mí. Mis primeros casos fueron estafas de poca monta, investigación de algunas personas desaparecidas y seguimiento de individuos sospechosos. En aquella época me aburría soberanamente. Hasta que un buen día cambió mi suerte y me topé con un caso a la altura de mi egregio intelecto, mi arrolladora energía y mis innatas cualidades detectivescas.

Una tarde de mayo, mientras me entretenía haciendo un castillo de naipes, tocaron el timbre de la puerta de mi coqueta azotea. Como en aquellos días no ganaba dinero para tener una secretaria ni asistente alguno, a nada que llamaban a mi puerta, me colocaba una vieja chaqueta a cuadros, una peluca rubia, unas gafas de culo de vaso, un bigotazo postizo y me encorvaba para disimular mi estatura. En suma, me transformaba en Rigoletto, mi asistente imaginario, pero muy efectista y necesario para dar a mi agencia una nota de misterio y distinción.

Llegué a la puerta metido en la piel de Rigoletto, eché un vistazo por la mirilla y vi que al otro lado de la puerta estaba una mujer despampanante, una fémina de arrebatadora belleza y esbelta figura. Poniendo la ronca voz que simulaba para mi Rigoletto dije:

-¿Quién anda ahí?

-Soy la señora Fina de Hierbas Altas... -exclamó la hermosa damisela con una dulce y encantadora voz. -Quisiera hablar con el señor Faustino Fandiño, el detective...

No quise hacerle esperar más. Secretamente deseaba verla en persona, ver el color de sus ojos, observarla de forma concienzuda y sagaz, como me habían enseñado a hacerlo en el cursillo por correspondencia. La señora Hierbas Altas pasó a la antesala de mi oficina. Con un gesto le ofrecí asiento en el diván de la sala de espera, mientras yo, sin abandonar mi pose de jorobado, iba a la parte de atrás de la azotea donde estaba el cuarto de baño, pero que fingía ser mi auténtico despacho. Abrí la puerta, metí dentro la cabeza y dije, con mi enronquecida voz de Rigoletto:

-Jefe, la señora Fina Hierbas Altas quiere hablar con usted... -Dejé pasar unos segundos y, con mi voz normal, exclamé: -Dígale que espere un minuto, que estoy hablando por teléfono con el Marqués de la Media Enagua, para darle los detalles de la captura del ladrón de su Picasso... ¡Enseguida salgo!

Cerré la puerta y, de nuevo con mi falsa ronquera, comenté:

-Ya lo ha oído usted, señora. Ahora mismo sale. Es hombre muy ocupado...

Dejé pasar unos cinco minutos, tiempo durante el cual dediqué todo mi poder de deducción a analizar la ropa y el porte de la bellísima señora de Hierbas Altas. Era una mujer de unos treinta y cinco años; cabello oscuro y liso, de abundante melena. Sus ojos eran de un marrón meloso y su piel era blanca como la arena de una playa de arena blanca. Llevaba un vestido azul marino, con provocativa minifalda y zapatos de ante, a juego con el resto de su vestimenta. Su bolsito, para no desentonar, también era azul. La señora de Hierbas Altas sacó un cigarrillo del bolsito y lo encendió con mucho estilo, mientras yo me devanaba los sesos tratando de imaginar qué podría haberle traído a mi agencia.

Pasados otros cinco minutos, me puse de espaldas a ella y, con mi voz normal, grité: “¡Rigoletto, venga aquí!” Y allá que entré en el cuarto de baño, mi despacho de pega, tan encorvado como antes. No tardé ni un minuto en quitarme la peluca, la chaqueta raída, el mostacho y las gafas. Comprobaba muy bien que me había quitado todos los postizos, porque una vez que hice esta transformación me dejé puesto el bigote y el cliente que me esperaba al instante se dio cuenta del engaño y me mandó a hacer gárgaras. Me puse una americana nueva, de color café, cogí unos informes y con cara de mucho estrés y de mucho trabajo, salí a hablar con mi nueva clienta:

-La señora de Finas Hierbas, ¿verdad?

-No, no, señor Fandiño. Soy la señora de Hierbas Altas. Me llamo Fina. Mis padres, ya se imaginará usted, que tenían mucho sentido del humor -susurró mientras nos estrechábamos la mano. Le pedí que tomara asiento de nuevo.

-Usted dirá, doña Fina. ¿Qué le trae por aquí?

-Me ha traído Bautista, mi chófer. Pero, si se refiere al asunto que me lleva a dirigirme a usted, le diré que vengo a contratarle para que siga a una persona. Se trata de mi marido. ¡Estoy casi segura de que me engaña!

[CONTINUARÁ...]

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