El
blog de Ficciones fingidas se complace en presentarles a todos ustedes, queridos lectores, los
casos del inigualable, del inefable, del impresentable
FAUSTINO
FANDIÑO, DETECTIVE PRIVADO
"El
Caso del Muerto en el Armario"
Capítulo
1.-Donde se presenta una señora exuberante.
Me
llamo Faustino Fandiño, como ustedes ya sabrán, sin duda porque ya
conocen mi reputación como detective privado. Como hay confianza,
ustedes pueden llamarme Faus, que es como me llaman mis amigos y
familiares, siempre que no me llaman “imbécil” y esas cosas.
Pero han de saber ustedes que no siempre ejercí como detective.
Pasados
mis años mozos en los que anduve entre novia y novia, suspenso y
suspenso, negocietes y desempleo, mi padre, harto de mis devaneos y
correrías de tarambana, decidió hacer carrera de mí y me obligó a
apuntarme a unos cursos de criminología por correspondencia.
¿Por
qué la criminología? Pues porque siempre me llamó la atención
toda la literatura y el cine criminal. Soy fanático lector de
novelas policiales y no me pierdo ninguna película o serie de
televisión en la que un sabueso, de la clase que sea, se deje las
cejas dándoles caza a los muchos malvados que pululan por esas
calles de Dios.
Terminado
aquel curso por correspondencia con sumo aprovechamiento, mi padre me
cedió la azotea de nuestra casa en la calle Jácome Trezo, donde
instalé mi primera oficina. Y así nació la Agencia de Detectives
“Fandiño y Asociados”. En honor a la verdad, bien pudiera
haberse llamado “Fandiño a secas” o “Fandiño y Fandiño” o
también “Solamente Fandiño”, porque de asociados no tuve
ninguno hasta el tercer año de negocio, cuando mi primo Licesio, tan
desocupado como yo al principio, quiso unir su destino al mío y
meterse en los enrevesados asuntos policiales.
El
caso que ahora pasaré a relatarles fue uno de los primeros de peso e
interés que tuve. En aquella aventura no gocé de la compañía y
ayuda de mi primo Licesio. Y es lógico porque, en aquel entonces, no
ganaba mucho con las chapucillas que me encomendaban. Apenas si
sacaba cuatro cuartos para mí. Mis primeros casos fueron estafas de
poca monta, investigación de algunas personas desaparecidas y
seguimiento de individuos sospechosos. En aquella época me aburría
soberanamente. Hasta que un buen día cambió mi suerte y me topé
con un caso a la altura de mi egregio intelecto, mi arrolladora
energía y mis innatas cualidades detectivescas.
Una
tarde de mayo, mientras me entretenía haciendo un castillo de
naipes, tocaron el timbre de la puerta de mi coqueta azotea. Como en
aquellos días no ganaba dinero para tener una secretaria ni
asistente alguno, a nada que llamaban a mi puerta, me colocaba una
vieja chaqueta a cuadros, una peluca rubia, unas gafas de culo de
vaso, un bigotazo postizo y me encorvaba para disimular mi estatura.
En suma, me transformaba en Rigoletto, mi asistente imaginario, pero
muy efectista y necesario para dar a mi agencia una nota de misterio
y distinción.
Llegué
a la puerta metido en la piel de Rigoletto, eché un vistazo por la
mirilla y vi que al otro lado de la puerta estaba una mujer
despampanante, una fémina de arrebatadora belleza y esbelta figura.
Poniendo la ronca voz que simulaba para mi Rigoletto dije:
-¿Quién
anda ahí?
-Soy
la señora Fina de Hierbas Altas... -exclamó la hermosa damisela con
una dulce y encantadora voz. -Quisiera hablar con el señor Faustino
Fandiño, el detective...
No
quise hacerle esperar más. Secretamente deseaba verla en persona,
ver el color de sus ojos, observarla de forma concienzuda y sagaz,
como me habían enseñado a hacerlo en el cursillo por
correspondencia. La señora Hierbas Altas pasó a la antesala de mi
oficina. Con un gesto le ofrecí asiento en el diván de la sala de
espera, mientras yo, sin abandonar mi pose de jorobado, iba a la
parte de atrás de la azotea donde estaba el cuarto de baño, pero
que fingía ser mi auténtico despacho. Abrí la puerta, metí dentro
la cabeza y dije, con mi enronquecida voz de Rigoletto:
-Jefe,
la señora Fina Hierbas Altas quiere hablar con usted... -Dejé pasar
unos segundos y, con mi voz normal, exclamé: -Dígale que espere un
minuto, que estoy hablando por teléfono con el Marqués de la Media
Enagua, para darle los detalles de la captura del ladrón de su
Picasso...
¡Enseguida salgo!
Cerré
la puerta y, de nuevo con mi falsa ronquera, comenté:
-Ya
lo ha oído usted, señora. Ahora mismo sale. Es hombre muy
ocupado...
Dejé
pasar unos cinco minutos, tiempo durante el cual dediqué todo mi
poder de deducción a analizar la ropa y el porte de la bellísima
señora de Hierbas Altas. Era una mujer de unos treinta y cinco
años; cabello oscuro y liso, de abundante melena. Sus ojos eran de
un marrón meloso y su piel era blanca como la arena de una playa de
arena blanca. Llevaba un vestido azul marino, con provocativa
minifalda y zapatos de ante, a juego con el resto de su vestimenta.
Su bolsito, para no desentonar, también era azul. La señora de
Hierbas Altas sacó un cigarrillo del bolsito y lo encendió con
mucho estilo, mientras yo me devanaba los sesos tratando de imaginar
qué podría haberle traído a mi agencia.
Pasados
otros cinco minutos, me puse de espaldas a ella y, con mi voz normal,
grité: “¡Rigoletto, venga aquí!” Y allá que entré en el
cuarto de baño, mi despacho de pega, tan encorvado como antes. No
tardé ni un minuto en quitarme la peluca, la chaqueta raída, el
mostacho y las gafas. Comprobaba muy bien que me había quitado todos
los postizos, porque una vez que hice esta transformación me dejé
puesto el bigote y el cliente que me esperaba al instante se dio
cuenta del engaño y me mandó a hacer gárgaras. Me puse una
americana nueva, de color café, cogí unos informes y con cara de
mucho estrés y de mucho trabajo, salí a hablar con mi nueva
clienta:
-La
señora de Finas Hierbas, ¿verdad?
-No,
no, señor Fandiño. Soy la señora de Hierbas Altas. Me llamo Fina.
Mis padres, ya se imaginará usted, que tenían mucho sentido del
humor -susurró mientras nos estrechábamos la mano. Le pedí que
tomara asiento de nuevo.
-Usted
dirá, doña Fina. ¿Qué le trae por aquí?
-Me
ha traído Bautista, mi chófer. Pero, si se refiere al asunto que me
lleva a dirigirme a usted, le diré que vengo a contratarle para que
siga a una persona. Se trata de mi marido. ¡Estoy casi segura de que
me engaña!
[CONTINUARÁ...]
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