Capítulo
3.-Donde comienza mi investigación, sigo a don Rigoberto y me hago
pasar por Comisario de Policía.
Antes
de lanzarme así, a tontas y a locas, a seguir a don Rigoberto
Rebolledo y Minglanilla para averiguar si adulteraba o no, es decir,
si le ponía los cuernos a doña Fina, decidí que lo más sensato
sería trazar un plan de lo que debía hacer. Creo que un buen
detective privado debe tener una estrategia de acción y no fiarse
solo de su instinto o de su olfato. Se ahorra uno sustos y
contratiempos. Tenía ya la foto de don Rigoberto, la dirección de
su casa y la de algunos sitios que solía frecuentar. Era más que
suficiente para empezar con buen pie una investigación. Me pareció
que lo primero sería vigilar a don Rigo cuando este saliera de su
casa. Ir siguiéndole a todos los lugares donde fuera para luego
redactar mi informe sobre todos sus pasos y poder así darle parte de
sus andanzas a la bellísima y desconsolada doña Fina. Parece tarea
grata y sencilla, mas puedo asegurarles que en ella se aburre uno lo
indecible.
Agarré
la bolsa donde guardo algunos elementos de disfraz (pelucas, dientes
postizos, bigotes, barbas, verrugas de pega...) como los que usaba
para transformarme en el jorobado Rigoletto; luego tomé mi cámara
de fotos, por si me veía en la obligación de sacar unas
instantáneas del sujeto a investigar; por último, y a pesar de que
estaba siendo un mayo bastante caluroso, cogí mi gabardina color
crema, una prenda como las que llevaban Philip Marlowe o Sam Spade
-dos de mis héroes del cine y la novela-, dejé, sin embargo, el
sombrero en la percha y salí de la oficina.
En
aquella época no ganaba yo dinero para tener un coche no ya lujoso
sino siquiera decente, así que tenía que contentarme con un mísero
Seat 127 amarillo que había heredado de mi padre, el cual lo mantuvo
siempre bien cuidado. Para ir trasladándome por las calles de Madrid
me resultaba más que suficiente, pese a que no dejaba de ponerme en
ridículo a cada paso, a causa de lo viejo y desfasado que estaba el
pobre vehículo. Como eran ya las ocho de la tarde, supuse que don
Rigo habría regresado a su casa. Con las mismas, cogí todo, lo metí
en mi Seat 127 y me puse en marcha. El coche renqueaba y el motor
tosía. Daban ganas de darle un jarabe.
Según
rezaba la tarjeta que me dejó doña Fina, ella y su marido vivían
en la calle Goya, en el edificio que está al lado del Corte Inglés.
No tardé mucho en llegar allí. Estacioné el auto en un hueco que
encontré (¡Aleluya! ¡Milagro casi imposible en Madrid!) y coloqué,
bien visible en el salpicadero, una tarjeta que decía “Servicio
Oficial. Ayuntamiento”. La tarjetita era falsa, desde luego, pero
servía a mis propósitos y me ahorraba el dinerillo del parking. Ese
cartón me lo facilitó mi amigo Timoteo el
Cartapacios,
experto perito en las más diversas y complejas falsificaciones. Era
un as en lo de elaborar cualquier tipo de documento oficial, fuera un
DNI, un pasaporte o la cartilla de la Seguridad Social. Lo mejor es
que a mí me cobraba muy poco dinero, porque habíamos sido
compañeros de colegio.
En
fin, dejé el coche aparcado y me situé en la acera de enfrente de
donde vivían don Rigoberto y doña Fina, a la espera de que entrase
o saliese el susodicho interfecto. Estuve fumando un pitillo tras
otro hasta que a eso de las nueve y media salió del edificio un
hombre bien trajeado, grueso, calvo y con gafas, que mediría algo
así como un metro sesenta. Sin duda, se trataba de don Rigoberto
Rebolledo y Minglanilla. Por su aspecto serio, su porte señorial y
su traje azul cobalto, se diría que iba a algún tipo de evento
social, tal vez una reunión de negocios. De la forma más discreta
que pude, le saqué un par de fotos para añadirlas a la que ya me
facilitó doña Fina.
Al
poco de salir don Rigoberto de su casa, un lujoso Mercedes 190 color
gris plateado, conducido por el tipo que, sin duda, debía de ser el
tal Bautista, aparcó en la acera del edificio en que vivía mi
sospechoso de adulterio. Bajó el chófer y le abrió la puerta a don
Rigo, el cual entró en el auto aprisa, casi sin darme tiempo a
reaccionar. Con toda la prisa que pude, subí a mi viejo Seat y le di
a la llave de arranque. Nada, que no se ponía en funcionamiento, el
condenado. Probé varias veces pero fue imposible. Maldiciendo mi
mala suerte, salí del auto y paré al primer taxi que pasó libre.
-¡Deprisa!
¡Siga a ese Mercedes gris, rápido! -grité al taxista, nada más
subir.
-Oiga,
¿es usted de la Policía? -me interrogó el taxista, un hombre
gordo, de enormes manazas morenas y llenas de pelos.
-En
efecto -mentí. -De la Brigada Criminal. Sigo a un sujeto muy
peligroso, que va en ese Mercedes. ¡Sígale discretamente y no lo
pierda de vista!
-Oiga,
pues nunca me había pasado nada parecido -comentó el taxista. -Es
emocionante. Cuando se lo cuente a la parienta...
-Sí,
sí, lo que usted quiera, pero no deje de seguir a ese coche. Si lo
desea, luego le firmo un autógrafo y todo... -dije, mientras pensaba
que, con el primer dinero que ganase, tendría que comprarme un buen
coche para no andar mintiendo al primer taxista que me topase.
-Ah
pero ¿es usted famoso? -preguntó, incrédulo, el taxista, mientras
le daba al volante con sus manazas de camionero.
-Sí,
por supuesto -mentí de nuevo- ¿No ha oído usted hablar del
Comisario Jacinto Turleque? Pues ese soy yo. Salgo mucho en la
prensa... -Lo cierto es que, aunque yo no fuera el Comisario
Turleque, el citado policía no era de mi invención. Existía
realmente. Trabé amistad con Jacinto Turleque en otro caso en el que
me vi implicado y supuse que el taxista no lo conocería, como así
fue. Aunque mis relaciones con Turleque no eran que digamos buenas,
no iba a tener la mala suerte de que el taxista supiera quién era.
El
Mercedes de don Rigoberto iba avanzando lenta pero firmemente por las
calles de Madrid. Mi taxi circulaba siguiéndole a cierta distancia,
pero sin llamar su atención y sin dejar de tenerlo a la vista. Unos
minutos después, el Mercedes estacionó en la calle de Malasaña, al
lado del famoso local llamado 'La Noche Noctámbula', y del que doña
Fina ya me había hablado como uno de los sitios favoritos de su
esposo.
El
Mercedes dejó a don Rigoberto y se fue. Me dispuse a salir del taxi.
Quise pagarle al taxista la carrera pero este no me dejó, con el
pretexto de que no podía cobrar ni un céntimo a tan distinguido
agente de la Policía, cosa de la que me alegré en ese momento pero
que para mí sería causa de quebraderos de cabeza en el futuro, como
ustedes, queridos lectores, podrán comprobar si siguen leyendo esta
historia.
Bajé
del taxi mientras el taxista me saludó llevándose su manaza derecha
a la frente, al estilo militar. Don Rigoberto ya había traspasado el
umbral del local nocturno, ante cuya puerta un gorila de dos metros y
anchas espaldas custodiaba la entrada a aquel recinto de lujuria y
pecado. Iba a entrar en el mismo cuando el gorila me dijo:
-¡Alto!
Si quiere pasar tiene que decir la contraseña...
En
aquel punto estaba, sin saber qué hacer o decir, cuando solté:
-¡¡¡Policía!!!
-exclamé, para amedrentar al enorme guardián de la puerta.
-¡Correcto!
¡Esa es la contraseña! Pase... -musitó el forzudo, mientras yo
debí poner cara de no creerme lo que me estaba pasando.
[CONTINUARÁ...]
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