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viernes, 28 de septiembre de 2012

"El caso del muerto en el armario" (2)

Capítulo 2.-Donde sigue la visita de la señora exuberante.

Aquello me extrañó mucho. Algo olía a podrido, y no era en Dinamarca, ni se trataba del cigarrillo que fumaba doña Fina. ¿Por qué una mujer hermosa, rica y distinguida como ella iba a querer vigilar a su marido? Al revés hubiera sido más lógico. A mí me hubiera gustado más seguirla a ella que tener que andar tras los pasos de ese tipejo, pero... ¿Qué hacerle? Me fijé en que doña Fina no llevaba su alianza de casada, pero tampoco me pareció excesivamente inusual, pues muchas personas casadas no llevan su alianza. En fin, dejé que la seductora dama me narrase su peculiar historia, rogándole que no omitiera ningún detalle. Ella habló de esta manera:

-Conocí a Rigoberto Rebolledo y Minglanilla, mi esposo, hace diez años en una fiesta que daba el Conde Rufino Draculino, embajador de Transilvania. Ha de saber usted, señor Fandiño, que mi marido trabaja en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Durante esa fiesta el que iba a ser mi marido y yo hablamos, y bailamos... Y nos enamoramos. Bien es cierto que él es quince años mayor que yo, pero su inteligencia y su simpatía lograron vencer mi primera resistencia. A los dos meses de habernos conocido, nos casamos en la Iglesia de Santa Ermenburga y pasamos nuestra luna de miel en Cocobongo, justo al lado de Cancún.

Fueron veinte días de amores y locuras y desenfrenos. Mi marido siempre ha sido muy fogoso, seductor y magnífico amante, de los pies a la cabeza, y yo le consentía todo. Aquellos primeros años de nuestro matrimonio fueron una continua sucesión de fiestas, de viajes y de jolgorios varios... A pesar de que yo deseaba tener hijos, Rigoberto me convenció para que no los tuviéramos, con la excusa de que su itinerante vida sería muy penosa para ellos. Eso me disgustó un poco, pero acabé cediendo a sus pretensiones. Todo iba bien, como no suele ir en ningún matrimonio, hasta que un día mi Rigo (disculpe que le llame así, es la fuerza de la costumbre), mi Rigoberto comenzó a llegar más tarde de lo habitual a casa. Al principio se retrasaba solamente una hora, luego dos y, con el tiempo, me dejaba sola toda la noche, con el corazón en vilo, y no regresaba hasta el día siguiente, si es que regresaba.

Por más que yo le interrogaba, él nunca me revelaba dónde pasaba aquellas noches de ausencia. Para contentarme, me decía que andaba metido en un asunto muy importante del Ministerio del cual no podía hablarme para no comprometer la seguridad nacional. Harta de aquellas evasivas, una noche (hace ahora quince días) decidí seguirle para ver si de verdad estaba metido en asuntos de trabajo o se veía con otra mujer a mis espaldas.

Sin que él se diera cuenta, fue tras él cuando se fue al trabajo. Estuve esperando hasta las ocho, hora en que sale de su despacho. Aquella noche iba acompañado de Meléndez, un subordinado suyo. Fueron al Bar 'La Hormiga Patizamba', donde se tomaron unas cuantas copas de coñac. Tuve mucho cuidado de que no se dieran cuenta de mi presencia. A eso de las diez de la noche, Meléndez se separó de mi esposo y cada cual se fue por su camino. Mi Rigoberto siguió andando y se metió en un Night Club de la nuit madrileña llamado 'La Noche Noctámbula', sitio de baja estofa frecuentado por gentes de mala calaña y mujeres de vida alegre y aireada.

Entré en ese local unos minutos después que él y, por mucho que le busqué, no pude encontrarle. No quería arriesgarme a que Rigo me descubriera a mí, así que, entristecida por los peores pensamientos, abandoné aquel antro de lujuria y perdición, regresé a casa y tomé la decisión de que un profesional se encargara de seguir estrechamente a mi marido, de ahí que haya venido hoy a contratarle a usted, señor Fandiño.

Guardé un atento silencio durante los minutos en que doña Fina me estuvo contando su historia. Observaba su delicada forma de sostener el cigarrillo, con aquellas manos blancas y suaves. Cuando hubo terminado, le rogué que me facilitara una foto de don Rigoberto, a lo que ella accedió sin poner el menor impedimento. Sacó de su bolso una foto de tamaño carnet donde se podía ver la cara del tal Rigoberto. Era un hombre de rostro adiposo, calvo, con gafas de pasta y bigotito bien perfilado.

-¿Quién lo diría? Su marido no tiene cara de adúltero, doña Fina, aunque ahora que lo pienso no sé cómo es la cara de un adúltero o de una adúltera, ya que nunca he adulterado... -dije, tratando de hacerme el ingenioso.

-Yo le aseguro, señor Fandiño, que mi esposo, aunque le parezca que tiene cara de santo, me está engañando. ¿A qué otra cosa puede dedicarse durante esas prolongadas ausencias?

-Tal vez le haya dicho la verdad y tenga entre manos un asunto de altísimo secreto y del que no pueda contarle nada sin comprometer la seguridad de la nación...

-No lo creo. Conozco a mi marido. -aseguró ella, con su delicada vocecita.

Seguidamente, le expliqué cuáles serían mis próximos movimientos y cuánto cobraba por aquella tarea. Una vez ella hubo aceptado mi tarifa habitual, quedamos en que la llamaría cada día, según fuera progresando en mi investigación.

-Necesitará usted algo de dinero, ¿verdad? ¿Le parece bien un anticipo?

-Pues no me vendría nada mal. Ya sabe usted lo caro que está todo. La vida ha subido mucho en estos últimos lustros...

-¿Tendrá usted suficiente con 200 euros del ala? -me preguntó ella, sacando dos billetes de 100, nuevecitos, ante los que puse gesto ojiplático.

-¡Eso es más que suficiente, mi querida señora! -dije, agarrando la pasta sin que pudiera evitar demostrarle cierta ansiedad.

Guardé los dineros en mi cartera y, al verle cara mohína y conturbada, traté de tranquilizarla un poco, ya que se mostró muy nerviosa, e incluso algo triste y, sin prolongar más aquella visita, la acompañé a la puerta de mi oficina, le ofrecí mi mano y la despedí.

-Muchas gracias por haber aceptado un encargo tan ingrato, señor Fandiño.

-Es mi trabajo, señora. -dije, haciéndole una desmesurada reverencia.

-Despídame de su asistente, el señor...

-¡Rigoletto, se llama Rigoletto!

-Pues despídame de Rigoletto, que me ha parecido muy simpático. Oiga, ¿y son ustedes parientes o algo así? Se lo digo porque me he fijado en que los dos tienen el mismo lunar en la mejilla derecha...

-¡Casualidades de la vida, doña Fina, casualidades!

Aún estaba medio avergonzado y con las mejillas ruborizadas cuando la vi bajar por la escalera. Sus bien moldeadas piernas se quedaron grabadas en mi retina, sin que pudiera olvidarlas en todo el tiempo que duró aquel caso. Poco podía yo imaginar en aquel entonces que estaba a punto de meterme en la boca del lobo... o de la loba, mejor dicho.

[CONTINUARÁ...]

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