Capítulo
2.-Donde sigue la visita de la señora exuberante.
Aquello
me extrañó mucho. Algo olía a podrido, y no era en Dinamarca, ni
se trataba del cigarrillo que fumaba doña Fina. ¿Por qué una mujer
hermosa, rica y distinguida como ella iba a querer vigilar a su
marido? Al revés hubiera sido más lógico. A mí me hubiera gustado
más seguirla a ella que tener que andar tras los pasos de ese
tipejo, pero... ¿Qué hacerle? Me fijé en que doña Fina no llevaba
su alianza de casada, pero tampoco me pareció excesivamente inusual,
pues muchas personas casadas no llevan su alianza. En fin, dejé que
la seductora dama me narrase su peculiar historia, rogándole que no
omitiera ningún detalle. Ella habló de esta manera:
-Conocí
a Rigoberto Rebolledo y Minglanilla, mi esposo, hace diez años en
una fiesta que daba el Conde Rufino Draculino, embajador de
Transilvania. Ha de saber usted, señor Fandiño, que mi marido
trabaja en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Durante esa fiesta el
que iba a ser mi marido y yo hablamos, y bailamos... Y nos
enamoramos. Bien es cierto que él es quince años mayor que yo, pero
su inteligencia y su simpatía lograron vencer mi primera
resistencia. A los dos meses de habernos conocido, nos casamos en la
Iglesia de Santa Ermenburga y pasamos nuestra luna de miel en
Cocobongo, justo al lado de Cancún.
”Fueron
veinte días de amores y locuras y desenfrenos. Mi marido siempre ha
sido muy fogoso, seductor y magnífico amante, de los pies a la
cabeza, y yo le consentía todo. Aquellos primeros años de nuestro
matrimonio fueron una continua sucesión de fiestas, de viajes y de
jolgorios varios... A pesar de que yo deseaba tener hijos, Rigoberto
me convenció para que no los tuviéramos, con la excusa de que su
itinerante vida sería muy penosa para ellos. Eso me disgustó un
poco, pero acabé cediendo a sus pretensiones. Todo iba bien, como no
suele ir en ningún matrimonio, hasta que un día mi Rigo (disculpe
que le llame así, es la fuerza de la costumbre), mi Rigoberto
comenzó a llegar más tarde de lo habitual a casa. Al principio se
retrasaba solamente una hora, luego dos y, con el tiempo, me dejaba
sola toda la noche, con el corazón en vilo, y no regresaba hasta el
día siguiente, si es que regresaba.
”Por
más que yo le interrogaba, él nunca me revelaba dónde pasaba
aquellas noches de ausencia. Para contentarme, me decía que andaba
metido en un asunto muy importante del Ministerio del cual no podía
hablarme para no comprometer la seguridad nacional. Harta de aquellas
evasivas, una noche (hace ahora quince días) decidí seguirle para
ver si de verdad estaba metido en asuntos de trabajo o se veía con
otra mujer a mis espaldas.
”Sin
que él se diera cuenta, fue tras él cuando se fue al trabajo.
Estuve esperando hasta las ocho, hora en que sale de su despacho.
Aquella noche iba acompañado de Meléndez, un subordinado suyo.
Fueron al Bar 'La Hormiga Patizamba', donde se tomaron unas cuantas
copas de coñac. Tuve mucho cuidado de que no se dieran cuenta de mi
presencia. A eso de las diez de la noche, Meléndez se separó de mi
esposo y cada cual se fue por su camino. Mi Rigoberto siguió andando
y se metió en un Night
Club
de la nuit
madrileña llamado 'La Noche Noctámbula', sitio de baja estofa
frecuentado por gentes de mala calaña y mujeres de vida alegre y
aireada.
”Entré
en ese local unos minutos después que él y, por mucho que le
busqué, no pude encontrarle. No quería arriesgarme a que Rigo me
descubriera a mí, así que, entristecida por los peores
pensamientos, abandoné aquel antro de lujuria y perdición, regresé
a casa y tomé la decisión de que un profesional se encargara de
seguir estrechamente a mi marido, de ahí que haya venido hoy a
contratarle a usted, señor Fandiño.
Guardé
un atento silencio durante los minutos en que doña Fina me estuvo
contando su historia. Observaba su delicada forma de sostener el
cigarrillo, con aquellas manos blancas y suaves. Cuando hubo
terminado, le rogué que me facilitara una foto de don Rigoberto, a
lo que ella accedió sin poner el menor impedimento. Sacó de su
bolso una foto de tamaño carnet donde se podía ver la cara del tal
Rigoberto. Era un hombre de rostro adiposo, calvo, con gafas de pasta
y bigotito bien perfilado.
-¿Quién
lo diría? Su marido no tiene cara de adúltero, doña Fina, aunque
ahora que lo pienso no sé cómo es la cara de un adúltero o de una
adúltera, ya que nunca he adulterado... -dije, tratando de hacerme
el ingenioso.
-Yo
le aseguro, señor Fandiño, que mi esposo, aunque le parezca que
tiene cara de santo, me está engañando. ¿A qué otra cosa puede
dedicarse durante esas prolongadas ausencias?
-Tal
vez le haya dicho la verdad y tenga entre manos un asunto de altísimo
secreto y del que no pueda contarle nada sin comprometer la seguridad
de la nación...
-No
lo creo. Conozco a mi marido. -aseguró ella, con su delicada
vocecita.
Seguidamente,
le expliqué cuáles serían mis próximos movimientos y cuánto
cobraba por aquella tarea. Una vez ella hubo aceptado mi tarifa
habitual, quedamos en que la llamaría cada día, según fuera
progresando en mi investigación.
-Necesitará
usted algo de dinero, ¿verdad? ¿Le parece bien un anticipo?
-Pues
no me vendría nada mal. Ya sabe usted lo caro que está todo. La
vida ha subido mucho en estos últimos lustros...
-¿Tendrá
usted suficiente con 200 euros del ala? -me preguntó ella, sacando
dos billetes de 100, nuevecitos, ante los que puse gesto ojiplático.
-¡Eso
es más que suficiente, mi querida señora! -dije, agarrando la pasta
sin que pudiera evitar demostrarle cierta ansiedad.
Guardé
los dineros en mi cartera y, al verle cara mohína y conturbada,
traté de tranquilizarla un poco, ya que se mostró muy nerviosa, e
incluso algo triste y, sin prolongar más aquella visita, la acompañé
a la puerta de mi oficina, le ofrecí mi mano y la despedí.
-Muchas
gracias por haber aceptado un encargo tan ingrato, señor Fandiño.
-Es
mi trabajo, señora. -dije, haciéndole una desmesurada reverencia.
-Despídame
de su asistente, el señor...
-¡Rigoletto,
se llama Rigoletto!
-Pues
despídame de Rigoletto, que me ha parecido muy simpático. Oiga, ¿y
son ustedes parientes o algo así? Se lo digo porque me he fijado en
que los dos tienen el mismo lunar en la mejilla derecha...
-¡Casualidades
de la vida, doña Fina, casualidades!
Aún
estaba medio avergonzado y con las mejillas ruborizadas cuando la vi
bajar por la escalera. Sus bien moldeadas piernas se quedaron
grabadas en mi retina, sin que pudiera olvidarlas en todo el tiempo
que duró aquel caso. Poco podía yo imaginar en aquel entonces que
estaba a punto de meterme en la boca del lobo... o de la loba, mejor
dicho.
[CONTINUARÁ...]
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